SERVICIO ARBITRAL CON RESPONSABILIDAD Y COMPROMISO
BIBLIOTECA

EL ÁRBITRO EN LA JUGADA

 
 
 

Mario Bermúdez

Instructor Asesor AAS

 
 

El mejor árbitro no es el que corre más,
sino el que sabe interpretar el partido
sabe ubicarse y desplazarse

Guillermo “El Chato” Velázquez
.
 

 
Cada árbitro tiene su estilo, pero éste no debe ser ajeno al «espíritu de la norma», ni debe pretender innovar y, mucho menos, impresionar en cada actuación. La virtud fundamental de un árbitro, muy escasa por ciento en los colegas, es la de la humildad, esa misma que pretende alcanzar el culmen del nivel en el juzgamiento de cualquier deporte. Ser humilde forja la personalidad, sustentada en la comunicación asertiva, que determina el carácter, el conocimiento y la preparación teórica y física. Infortunadamente, en nuestro medio la mayoría de árbitros «pitan con el estómago», según el Chato Velázquez, y entonces le dan mayor importancia al ingreso económico, pasando por alto la preparación constante, argumental y metódica del conocimiento arbitral.  Así que prefieren un partido de barrio a una capacitación. Pero no veamos tampoco el problema desde uno solo ángulo, pues también las entidades arbitrales, en su desmedido afán de producir económicamente, sin importar la calidad, echan mano del primero que pasa por ahí, le entregan un pito o un acta de juego, y lo echan a la pira para que entre organizadores y jugadores se lo devoren completo y vivo, reforzando la idea de que «todos los árbitros son malos». ¡Alguna moneda le quedará a la institución sin importar lo grave que haya pasado! Es así como el darle prelación al factor económico, antes que al desarrollo formativo de las competencias arbitrales, está deteriorando una profesión, que de por sí es bastante exigente, dura y abnegada. Exigente porque se basa en la preparación psicológica, de competencias, física, teórica y práctica, para que el desempeño sea positivo, primeramente para el árbitro, y, luego, para la Institución Arbitral. Dura, porque implica, como en toda profesión, sacrificios como el de tener que dejar sola a la familia un domingo, porque, a decir verdad, es mejor no llevarla a los campos, ya que si no distraen el desempeño, lo sufren de una forma desconsiderada; eso de estar sintiendo el maltrato a su ser querido, no es para nada fácil.
 
Indiscutiblemente que pueden haber preparadores arbitrales, instructores, como se califican generalmente, «cuadriculados» y algunos otros, tal vez muy pocos, «estructurados integralmente», que propendan por la formación en la ética, la motivación y la psicología arbitral, como receptores de cualquier Reglamento, pero que ante todo aplican un sentido pedagógico. No se debe olvidar que el árbitro debe tener tres aspectos fundamentales para desempeñarse como tal:
 
-Tolerancia
-Poca resistencia al cambio
-Adaptación al cambio
 
El árbitro que no posee esas tres cualidades, está llamado a recoger, porque, simplemente vive en el mundo de sus antepasados sin ninguna posibilidad de cambiar y, por ende, estar al día en la evolución de la profesión.  Vive en ese pasado en donde ser árbitro era la cuestión empírica del «defiéndase como pueda». Tolerancia es estar dispuesto a los cambios, porque generalmente el Reglamento de cualquier deporte se modifica periódicamente. Poca resistencia al cambio es estar dispuestos y motivados a cambiar y, finalmente, adaptación al cambio, es aplicar y aceptar, sin discutir, pero de manera unificada, esos cambios. Cuando no se está dispuesto a aceptar el cambio, que siempre propende por mayor facilidad en el ejercicio de la profesión, el árbitro se convierte en una persona rígida en su pensamiento y hasta en la parte física. No acepta que el mundo tiene dinamismo y que evoluciona constantemente, y piensa que el reglamento es una pieza inamovible, en donde es más importante una coma que la interpretación de la norma, que siempre tiene un rango de flexibilidad. Sorprende que aún, por ejemplo, haya árbitros del Balilla italiano, o los que con el silbato interpretan sinfonías largas, estridentes y aburridoras para dictaminar un fallo. ¿Quién dijo que la experiencia no permite la adaptación al cambio?
 
Quizás una de las falencias más grandes de los árbitros es la de la Disciplina, pues no entienden el concepto, no lo aplican o su espíritu liberal y prepotente no los compromete con la disciplina desde el ámbito personal e institucional. Disciplina es simplemente «imponerse a sí mismo» las normas que ha decidido aceptar «libremente». Esto implica, organización, preparación colectiva, porque los árbitros son un equipo, y preparación individual. El árbitro es apenas un pequeño engranaje en el complejo mecanismo de la profesión, y cuando ese pequeño engranaje se oxida o deja de funcionar, algo comienza a ir mal en el equipo. La mayoría de veces las pequeñas omisiones o pasadas por alto de los árbitros en un juego, como se dice coloquialmente, «van calentando el partido», y cuando ya se decida aplicar los correctivos, es muy tarde. Un simple manotazo o un apoyo con las manos sobre la espalda del adversario, puede parecernos algo sin importancia que en primera instancia no se debe sancionar, porque hay la percepción de que una falta lo es solamente cuando es «grave», es decir, como recalcan los jugadores: «hasta que haya sangre». El buen árbitro sanciona todas las faltas, por leves que parezcan, pues para medir la gravedad existen los correctivos disciplinarios. Ahora, hay que saber interpretar cuándo es una falta y cuándo es una «tontería», porque sancionar por tonterías también exacerba los ánimos de los participantes. Por eso es importante que el juez esté bien preparado en todos los campos, pero, ante todo, debe saber valorar (procesar) para emitir un Juicio (fallo) acertado. Que «las pita todas», que «deje jugar», son voces que se escuchan cuando se sancionan las faltas. No se deje presionar por esas voces de protesta, por leves que sean, las faltas están para sancionarlas porque eso lo establece el Reglamento, pero, fundamentalmente, porque eso evitará que el juego «se caliente». Ya se sabe que, casi siempre, la respuesta a un simple manotazo o aun empujón leve, es una reacción del afectado mucho más fuerte. La reacción, en este caso, es mayor que la acción, téngase en cuenta eso siempre. Cuando el árbitro toma el dominio seguro, equitativo y con la interpretación adecuada del partido, los participantes subconscientemente van asimilando las «autoridad arbitral» sometiéndose a ella y por ende, evitando el juego brusco y malintencionado.
 
No se debe olvidar que ejercer autoridad implica una enorme responsabilidad, y muchos son los factores que coadyuvan para fortalecer  el «ejercicio de la autoridad», que se basa en el respeto, la tolerancia, el conocimiento de las Normas, pero fundamentalmente, en la EQUIDAD, que es darle a cada quién, en justicia, lo que le pertenece. Cuando la preparación arbitral se fundamente, como la base de la pirámide, en los anteriores postulados y se prepare especialmente con el ejemplo, se habrá logrado avanzar un enorme trecho en esta profesión.
 
El árbitro debe ser capaz de analizar la situación de su entorno y, de acuerdo a ello, plantearse estrategias de desempeño para evitar al máximo los inconvenientes. Esta es la «interpretación del juego», en la que se debe analizar y ponderar cada una de las circunstancias en que se desarrolla el cotejo, desde el interior hasta los factores externos participantes. En consecuencia se tienen dos aspectos relevantes que practicar en su máxima expresión:
 
-Atención
-Concentración
 
Probablemente en el lenguaje coloquial se tiende a creer que los dos términos son sinónimos, pero aunque están entrelazados, realmente no lo son. Prestar atención es «observar qué está sucediendo», es decir, asimilando la información del entorno, sin dejar escapar el menor detalle. Estar concentrado es tener la capacidad de «discernir» las situaciones presentadas, para procesarlas y emitir un juicio que permita un fallo y una penalización, al máximo justa, y de acuerdo a las Normas. Aunque en el proceso se debe ser muy rápido, esto no implica que la actuación sea desaforada, precipitada, porque, generalmente, se cae en el error al no haber tenido una valoración equilibrada de lo que está sucediendo. Indiscutiblemente que son muchos los factores que ejercen presión psicológica, entre los que se tiene, principalmente, el temor a la reacción de los jugadores y demás participantes, por más clara que haya sido jugada que se pretende evaluar. Cuando las jugadas son evidentes, se debe estar preparados para que al árbitro «le midan el aceite, por si las moscas», y, debido a su inseguridad, eche atrás la decisión tomada inicialmente. Así que el árbitro debe prepararse para adquirir la fortaleza necesaria que le permita reaccionar ponderada y serenamente ante cualquier presión; por eso, la preparación constante y estructurada en todas las competencias arbitrales, le ayudará a crear esa «coraza o escudo», que le hará rebotar satisfactoriamente todas esas presiones surgidas en el juzgamiento de un deporte. La fortaleza, basada en el conocimiento, le permitirá un mejor desempeño, con un control de sí mismo y capacidad de resiliencia. La seguridad con que se actúe, siempre teniendo en cuenta las Normas, y comprendiendo hasta dónde «se puede estirar el cauchito sin romperlo», será en un gran porcentaje garantía de un buen desempeño. Hay que recordar, finalmente, que el árbitro expone su integridad física, sensorial y psicológica y esto únicamente se aminora con la debida preparación, en donde, esta profesión no debe ser «el escampadero» ante las vicisitudes económicas. No sea árbitro por «solicitud del estómago», séalo por «solicitud de la cabeza», fortificando cada día más la vocación de serlo. ¡Qué mejor que tener una recompensa económica por hacer lo que verdaderamente nos gusta!

 

LA PERSONALIDAD Y LA ADAPTABILIDAD EN LOS ÁRBITROS
 
 

Por: MARIO BERMÚDEZ
Director EFAB
Docente Convenio Colegio Manuelita Sáenz-U. Distrital

 

 

Introducción:
Indiscutiblemente lo primero que tenemos que decir que el arbitraje, en cualquier deporte, es una profesión muy exigente y, por qué no decirlo, con un grado de riesgo y complejidad específicos. El árbitro debe poseer determinadas competencias cognitivas, físicas, conductuales, comportamentales, actitudinales y psicológicas, en el más alto grado. Cada competencia no puede ir aislada, sino que constituyen un sistema sincronizado, sólido y equilibrado para lograr mayor eficacia y eficiencia en el desempeño. Cuidar al máximo de la estructuración y desarrollo de estas competencias es fundamental.
Cuando se logra el equilibrio y el máximo aprovechamiento en cada una de las competencias, podemos argumentar que el árbitro es integral, que no solamente se preocupa, por ejemplo, por conocer el reglamento del deporte que va a juzgar, sino que cuida y desarrolla el resto de competencias. El primer paso para lograrlo, es sentir pasión, amor y, sobre todo, responsabilidad por lo que se hace, y el eje debe partir desde el gusto por la profesión, el interés por ella, lo que incluye una capacitación permanente en cada uno de los aspectos. En este sentido, la personalidad del árbitro debe ser constituida por un temperamento modificable y por un carácter recio, basado en el don de justicia y equidad, con una transversalidad humanística. Nunca se debe olvidar que el árbitro, por las competencias inherentes a su profesión, es un líder carismático y nunca un verdugo o dictador. Debe tener la capacidad de análisis e interpretación basada en lo que se denomina sentido común y que, dicho en otras palabras, es «saber interpretar o leer el partido, para tener la capacidad de prever ciertos aspectos», y que en el aspecto psicológico es lo que se denomina «inteligencia emocional».


Aspectos Cognitivos
Es conocer el reglamento de juego y, en grado máximo, las normas de competición, junto con el análisis situacional (análisis de escenario). El reglamento debe estudiarse, interpretarse y unificarse. El estudio y la interpretación comprenden dos modalidades a saber: personal y grupal y debe ser constante y exige la utilización del «lenguaje técnico» pertinente. Por ejemplo, no hay nada más deprimente que escuchar a un árbitro decir «bomba», para referirse al área de meta. Los términos deben ser los adecuados, y su funcionalidad es precisa, aunque en el lenguaje coloquial parezca lo contrario. El conocimiento es la base fundamental para el desempeño arbitral, y no se debe olvidar que la mayoría de participantes desconoce el reglamento de juego, y solamente lo presume o lo confunde, por lo que un árbitro para justificar una decisión debe ser preciso y seguro, sin ahondar en explicaciones innecesarias y fatigosas. Qué bueno el árbitro que lleva como implemento el reglamento de juego, esto ayuda, especialmente, ante los organizadores y demás participantes en caso de requerirse.


Aspectos físicos
Es un aspecto crucial,  porque es la base fundamental del desempeño. Un árbitro en extremo obeso demuestra un descuido en sus hábitos de vida (antideportivos) como los alimentarios, el sedentarismo, el tabaquismo y el alcoholismo, por solamente llegar hasta ahí. Además, debe tenerse en cuenta que los partidos son los que dan el ritmo de desempeño físico que, a su vez, con dinamismo y energía, hacen que biológicamente haya un mayor flujo de sangre y oxigenación en el cerebro, lo que, indiscutiblemente, ayuda a tomar decisiones más rápidas y precisas y permite estar más alertas. Una excelente condición física, con la debida preparación, ayuda para el desempeño. Realizar a su debido tiempo los desplazamientos y con el ritmo adecuado, con estilo, es una muestra de la preparación física, además de darle estética al desempeño. Los deportes balompédicos exigen en el equipo arbitral coordinación, técnica y táctica que no pueden separarse, de ninguna manera, del aspecto físico. Ver «el árbitro poste o estatua», no solamente les da justificación a los jugadores para reclamar airadamente por una decisión, sino que expresa apatía e irrespeto por el espectáculo y por la profesión. El dinamismo no consiste en correr como locos, sino en utilizar siempre los ritmos adecuadamente, y


Aspectos conductuales
La conducta es la manera como un ser humano muestra su personalidad ante los demás, y es un aspecto fundamental en los árbitros al ser estos líderes y jueces, con sentido humanitario, o lo que se denomina «autoridades de juzgamiento». Nunca se debe olvidar que la línea entre lo privado y la profesión es muy delgada y difusa, por lo que la conducta privada, de ninguna manera, debe trascender al campo de lo público, sin importar las etiquetas morales. La moral pertenece al campo individual y a la ética, al campo del entorno y, de cierta manera, son las dos el mismo hilo conductor con dos partes que no se limitan de manera precisa: una que pertenece al ámbito íntimo y la otra al entorno social. Sin embargo, el campo ético es el que se percibe por los demás, y este debe ser intachable, basado en los valores primordiales de la honestidad a toda prueba, el don de justicia y equidad, la imparcialidad, la responsabilidad, el sentido de pertenencia, el don de gentes, el deseo por progresar y la asertividad. Todos los valores deben estar presentes, no solamente en el momento del desempeño arbitral, sino en el entorno deportivo en general, en la institución arbitral y, aun, con aquellas personas y entes que pueden parecernos ajenas a la actividad deportiva.


Aspectos comportamentales
Aunque se puede confundir con lo conductual, a pesar de la interrelación en cadena de todas las competencias, el comportamiento es más la expresión física del individuo, lo cual expresa el sentido ético como marco general de su personalidad. Seguir las pautas comportamentales adecuadas del respeto hacia los demás, que va desde la manera de saludar sin exceso de confianza, gracejo, bufonada o, lo peor, prepotencia. Evitar a toda costa, sin perder la amabilidad, comportamientos de excesiva confianza con los participantes, debiéndose decirse constantemente la expresión «por favor», dirigirse a los participantes con las dignidades de señor, caballero, dama, señorita, sin utilizar apodos ni, tampoco, títulos de los cuales no sabemos si los participantes poseen como «profe», por ejemplo. Tratarse con sumo respeto entre compañeros, sin burlas, sátiras, sin utilizar los apodos, para lo que existen los términos «compañero» y, el mejor, «juez», lo que reafirma la dignidad que se está ejerciendo. En el descanso, en la mesa de control o con el equipo auxiliar, por supuesto se debe guardar un comportamiento digno y ejemplar. Utilizar las solicitudes de tiempo acordes con la mecánica arbitral de cada deporte balompédico, y nunca entablar conversación con los participantes ni aceptar reclamos de ninguna índole; el tiempo tiene la función específica de que los jugadores reciben instrucciones y se toman un breve descanso únicamente en la zona técnica. El comportamiento del árbitro debe expresarse en el carisma, es decir, comunicar una personalidad estructurada que sea comprendida y aceptada con agrado, basada en la honestidad y, especialmente, en el don de justicia con equidad.


Aspecto actitudinal
Se puede saber mucho, se puede, incluso, tener la capacidad de ser buen árbitro, pero si no lo demuestra en cada partido con «actitud», de muy poco sirve. La actitud incluye la seguridad, rapidez y posicionamiento con que se toma una decisión, es decir el «entusiasmo constante» por lo que se hace. Incluye el porte del árbitro, su forma de caminar y señalizar, la coordinación con el equipo arbitral, los desplazamientos con estilo, y el uso adecuado de la señalización y del sonido del pito. Entrar al campo de juego con las manos en el bolsillo, es un símbolo subliminal de inseguridad y temor; si bien es cierto que se genera un estrés positivo para lograr un buen desempeño, que produce cierta ansiedad, estos son aspectos que deben estudiarse y comprenderse con anterioridad, ya que hay ciertas costumbres mecanizadas que expresan poco trabajo psicológico. Nuca tenga las manos en el bolsillo dentro del campo de juego y, menos, cuando esté en la charla inicial con los participantes.
La disciplina es parte fundamental, saber acatar las normas, las directivas y las órdenes de las organizaciones y colegios, y utilizar siempre un lenguaje asertivo en caso de que se quiera entrar en el campo de la discusión argumentada. Las personalidades conflictivas, las que todo lo protestan, nada les gusta y todo les parece malo porque sí y ejecutado con mala intención, (personalidad suspicaz) sin tener argumentación lógica y asertiva, no solo son un problema para el desarrollo normal de una institución, sino que opacan el desempeño individual, ya que este tipo de personalidad es disfuncional. La clave está en «pensar para hablar sin ofender», y no al contrario. Hay que tener en cuenta que las opiniones y los puntos de vista siempre serán subjetivos, por lo que son susceptibles de ser analizados en comunidad para establecer consensos que redunden en el beneficio general, sin que deban ser impuestos, sin razón alguna, por la fuerza, la grosería y la altanería. Aceptar las normas es aceptar lo que se ha acordado con antelación y por mayoría.


Aspectos psicológicos
Aunque de repente parezca a primera vista algo inviable, especialmente por el aspecto económico, las instituciones arbitrales deberían tener su «psicólogo de cabecera»; inicialmente este es un tema que, por ahora, queda en el tintero. Como ya se ha dicho, el arbitraje, aparte de ser una profesión para personas que posean «inteligencias emocionales y procedimentales», implica un riesgo especial que también se aplica para todas las profesiones. Aplicar autoridad, impartir justicia y mediar en las circunstancias anómalas, implica recibir presión por las partes en diferentes grados, desde la más leve hasta, incluso, la más grave. Lo primero que debe hacer un árbitro es ser consciente de esto, para poder manejar y soportar, sin irse a estallar, la presión. El estrés es otro síntoma necesario e inherente a la condición humana cuando se va a presentar una prueba; en sí, es un mecanismo de prevención y adaptación que produce ciertos aspectos físicos que se agrupan en la ansiedad, y que al ser pasajeros, no representan ningún riesgo para la salud mental; caso contrario ocurre cuando el estrés se convierte en crónico. El manejo adecuado de las situaciones de estrés antes a largo plazo, antes a corto plazo, durante y después del desempeño debe ser vital; en tal sentido, se debe acudir a prácticas terapéuticas con ejercicios de relajamiento y charlas grupales, ojalá dirigidas por un experto, para saber cómo afrontarlo. Comprender la sintomatología mental (ansiedad, inestabilidad mental, depresión, ira, etc.) y física (bulimia, anorexia, disfuncionalidad de los sistemas, etc.), ayuda al manejo del estrés; pero ante todo, se debe ser consciente de que siempre se recibirá presión de todos lados durante un partido, por lo que la preparación consiste en entender y crear mecanismos que ayuden a soportar y superar el estrés.
La capacidad de tomar decisiones implica un proceso mental, seguro y rápido, que parte desde el instante en que se percibe la juagada y cuando con el silbato se detiene el partido; antes debe haber una causa del porqué hacerlo. El proceso del juicio se divide en: atención, concentración y penalización. Atención es la capacidad del ser humano de acopiar la mayor información posible, directa e indirecta, para tomar la decisión inicial de detener el juego. La concentración es la capacidad de procesar en el cerebro de manera rápida y segura la información recibida; este es un procedimiento complejo que exige una gran capacidad de análisis veloz e inteligencia del árbitro, pues tiene que examinar y tomar una decisión en fracción de segundos en donde debe haber una medición subjetiva del hecho, que, no por ello, debe ser ilógica sino concordante al acto. Son variados los aspectos que influyen en la toma de una decisión que va desde el estado de ánimo del árbitro hasta las consecuencias dependientes del entorno. Una vez tomada la decisión en el proceso de concentración, viene la etapa más difícil que es la penalización. Se debe tener en cuenta que, generalmente, el afectado va a protestar, especialmente cuando se trata de faltas o goles dudosos. En todo el proceso del juicio se debe acudir a una señalización clara y precisa, y realizar todo el procedimiento de mecánica arbitral con el fin de retornar rápidamente a la situación normal del juego. Procúrese siempre no echar para atrás una decisión, a excepción de que hayan ayudas tecnológicas, aunque es lícito reversar alguna decisión, esta debe ser una actitud excepcional que no tiene que darse constantemente. Nunca olvide, en tal caso, que la ley fundamental del juzgamiento deportivo es: «Todo fallo es reversible hasta que no se penalice»; norma que debe ser siempre excepcional.
Un aspecto crucial es el de la resiliencia, es decir, sobreponerse a las adversidades con fortaleza y sacar de ellas nuevas enseñanzas, o reforzarlas, para robustecer la «coraza emocional», obteniendo de la adversidad nuevas experiencias positivas. Un carácter débil no puede asimilar correctamente las adversidades cuando no sabe analizarlas y soportarlas sin que hagan daño, especialmente, cuando estas son graves. Hay circunstancias que tienden a postrar al individuo, más cuando se sabe que se ha actuado correctamente, o el hecho de preguntarse por qué no hice esto para que no me pasara aquello. La resiliencia se logra con el análisis técnico, circunstancial, anímico, comportamental e, incluso, el mismo azar. Si se tiene esa coraza de fortaleza bien fuerte y estructurada, la resiliencia será rápida y positiva (periodo corto de duelo). El apoyo y análisis grupal también coadyuvará para acelerar y asegurar el objetivo de


La adaptabilidad
Nada más complejo que aceptar el cambio, sin llegar a comprender que todo cambio procura, esencialmente, una mejora en los resultados. Todos los seres humanos tenemos, en mayor o menor grado, resistencia al cambio. Lo primero que se debe hacer aceptar que todo cambio, generalmente, se hace para facilitar los procesos, mejorar los métodos y, por ende, obtener mejores resultados. Si no hay disposición al cambio, si se ponen barreras y argumentos negativos, el cambio es prácticamente imposible. Si bien es cierto que todo cambio implica un aprendizaje relativo y adaptación, lo que demanda esfuerzos y tiempo, romper la barrera de la resistencia es un logro. Los árbitros están expuestos a diversos cambios, incluso con bastante frecuencia. La adaptación al cambio expresa inteligencia y versatilidad y, por ende, estructuración conceptual. La «inercia psicológica» hace sentir que el pasado era mejor, que no vale la pena un nuevo esfuerzo y aprendizaje, aspectos que desvían el verdadero objetivo positivo del cambio.
En los deportes se presentan modificaciones periódicas del reglamento, los árbitros pueden desempeñarse en varios deportes (desde que no sea una exigencia federativa) que presentan diferencias apreciables, pero cuyo objetivo es el mismo. Los deportes balompédicos tienen postulados fundamentales como la consecución de un gol, las faltas e infracciones, las reanudaciones y las penalizaciones. Sin embargo, el árbitro debe desempeñarse de acuerdo con el deporte que tiene, aparte del reglamento, una señalización específica y variable en la penalización. Utilizar correctamente la señalización de cada disciplina es un símbolo de adaptación óptima. (Base Futsalón AMF: dedo índice estirado y posición angular de los brazos de 90 grados. Base Futsala FIFA – Fútbol Once: Palmas de las manos unidas y estirada y posición angular de 75 grados hacia arriba). Igualmente, los reglamentos de competición, que los árbitros deben conocer, presentan cambios que dependen mayoritariamente de los torneos. Igualmente se deben tener en cuenta los cambios en los deportes no federativos, como las Banquitas y el Fútbol Grama. De la misma forma, la técnica y mecánica arbitral varía de un deporte a otro, e, incluso, en un mismo deporte se están haciendo cambios periódicos a los cuales los árbitros deben adaptarse rápidamente para obtener un desempeño óptimo. Se debe recordar que las técnicas y mecánicas arbitrales son simplemente métodos que procuran un mejor desempeño, (el objetivo es sí no es el método, sino el buen resultado) y que en cualquier momento pueden cambiar, pero lo fundamental está en las aptitudes de los árbitros, en su personalidad, que incluye la humidad y desecha la prepotencia, tanto dentro como fuera del escenario deportivo y, sobretodo, cumplir con la dinámica y objetivo de cada disciplina.
Por último, es plausible reconocerse la consecución de los logros, los escalafones obtenidos, las categorías alcanzadas, pero esto no es justificación para henchir desmedidamente el ego (personalidad egocéntrica) hasta el punto de incomodar a los demás o, lo peor, humillarlos. El primer paso de la humildad es reconocer, por más logros alcanzados, que siempre se tendrán falencias y limitaciones, porque el camino hacia los objetivos siempre está lleno de escollos y es imperfecto. La prepotencia y la egolatría no permiten mejorar las limitaciones que constantemente se presentan, y, generalmente, son factores de discordia entre los compañeros y de fracturas en los grupos arbitrales y en instituciones anexas. Tampoco los árbitros, aunque por disciplina deben acogerse a las instancias superiores, deben creer a ultranza que éstas son «perfectas, inamovibles e incuestionables», más cuando hay directivos que anteponen otros intereses o procuran su provecho personal, en contra de la profesión del arbitraje y del deporte en cuestión. Tampoco el árbitro debe cuadricularse ante un deporte; esencialmente, los árbitros se deben a su profesión y, de alguna manera, resulta circunstancial que se dediquen a determinada disciplina, por lo que jamás deben imaginarse que esta sea «palabra divina», menos cuando está regida por seres humanos, que en muchas ocasiones tienen intereses distintos a los estrictamente deportivos. Y, menos, desmeritar o desacreditar otras disciplinas que, por pura ceguera mental, consideran espurias; el hecho de pertenecer a una disciplina federada, no es argumento válido para tal actitud discriminatoria; pues de manera general, y especialmente en el campo aficionado, todos los deportes balompédicos  poseen la estética, la estructura y la capacidad recreativa para ser practicados y vistos.

 

Bogotá, enero de 2019

 

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(Bermúdez, Mario. Boletín EFAB No. 1. Enero 2019)

LOS DIEZ ERRORES MÁS FRECUENTES DE LOS ÁRBITROS QUE SE DEBEN EVITAR
Basado en infografía de “Líderes del arbitraje”
 

Por: MARIO BERMÚDEZ
Director EFAB
Instructor Asesor AAS

 
 

1. Cambiar de decisiones
Uno de los aspectos que desdice de la autoridad y del conocimiento de un árbitro es, precisamente, este: cambiar de decisiones de manera reiterativa. Si bien el espíritu del arbitraje permite esta licencia como una norma excepcional (muy de vez en cuando), hay que ser muy cuidadosos al momento de reversar cualquier decisión, teniéndose en cuenta que ante todo debe primar el sentido de justicia y equidad, y no el de conveniencia o ganancia. Los factores predominantes para evitar este error son, primero que todo, el conocimiento fundamentado del reglamento y la interpretación adecuada de las jugadas; por eso se debe tener seguridad con una señalización y una actitud claras que expresen tal seguridad.
Aunque la ley fundamental dice «que todo fallo es reversible antes de ser penalizado», se reitera que es una norma excepcional, que ojalá nunca tuviera que emplearse. Cuando de manera frecuente se incurre en el cambio de decisiones, esto indispone ostensiblemente a los participantes, pudiéndose presentar situaciones serias de reclamo que afectarán el transcurrir del partido y, lo peor, el desempeño del árbitro, lo que expresa claramente un estado de nerviosismo y desconocimiento en la norma interpretativa de las jugadas. Recordar: ante todo, conocimiento y seguridad. La falta de seguridad pone en duda una decisión correcta y, aunque no debe ser así, la seguridad afianza, incluso, algún error.
Obviamente que si se están utilizando las ayudas tecnológicas (VAR), toda decisión primaria será «provisional», siempre y cuando no se penalice. En este caso existe la señalización específica, bien para ir a la pantalla y cerciorarse de la jugada, o cuando a través de los audífonos se reciben las apreciaciones necesarias; sin embargo, finalmente es el árbitro quien avala la decisión definitiva. Infortunadamente, por su costo muy elevado y la logística requerida, las ayudas tecnológicas son difíciles de implementar, especialmente en los torneos aficionados, por lo que los árbitros siempre deben hacerse a la idea de que estas no existen, y que es él solo, junto con su equipo, y de manera física, quien debe tomar las decisiones más correctas, y desempeñarse de la mejor manera posible tal como se ha venido haciendo de la forma tradicional.
 
2. Autoritarismo
Nada más peligroso que el árbitro autoritario, el mismo que confunde la aplicación de la justicia, que implica equidad e imparcialidad, con el «yo soy el que mando aquí, el único quem sabe y por tanto hago lo que me dé la gana». Uno de los aspectos más relevantes del desempeño arbitral es el del control emocional, pues si bien hay situaciones que incomodan o desagradan, estas deben ser ponderadas con la calma. Un estado de ira, precipitud y prepotencia son los más peligrosos consejeros del desempeño arbitral. El autoritarismo con gritos, expresiones inapropiadas y mala actitud, siempre desencadena una reacción negativa por parte de los participantes, que en determinado momento puede salirse de las manos y desencadenar situaciones peligrosas. Siempre tenga el control emocional adecuado, evite al máximo la ira, y si se da, recurra inmediatamente a retomar la calma; esto se puede lograr con un buen trabajo mental previo. Recuerde, el árbitro es un líder, un juez, y nunca un verdugo, es alguien que aplica la norma y no un dictador. Es como el director de orquesta que propende porque todo funcione en «armonía». Serenidad y mucha paciencia, y la oportuna y adecuada aplicación de los correctivos disciplinarios y el manejo asertivo del partido, son las recomendaciones fundamentales para evitar el autoritarismo arbitral y, por ende, los problemas generados por su causa.
 
 3. Perder el control
Si bien es cierto que hay muchos factores que presionan al árbitro, y que la pérdida de control puede acrecentar el nerviosismo hasta convertirse en miedo, se debe siempre acudir al control emocional. La principal característica de la pérdida del control es el excesivo nerviosismo, que crea una inestabilidad emocional violenta que conlleva a tomar decisiones inapropiadas, lo que hace que el partido se salga de las manosy a tomar actitudes desconcertantes que se salen del sentido común y de los cánones de un buen arbitraje. Indudablemente que a veces hay situaciones inmanejables a la luz del juzgamiento, porque los participantes son quienes pierden el control, cayendo en estados de ira que les hace sentir que cualquier decisión, incluso a favor, es injusta. Como se dice comúnmente: «malo porque se les pita y malo porque no se les pita». En tal circunstancia es cuando el árbitro debe recurrir con toda prontitud al control emocional, procurando serenarse y utilizar las herramientas a su alcance que no vayan a echarle más combustible a la situación. Sin embargo, la pérdida de control se sabe cuándo comienza, pero no se sabe cuándo ni cómo termina, porque aquí entran muchas variables, incluso las del azar y las imponderables, por lo que se convierte en uno de los riesgos más visibles y complejos de controlar. Muchas veces por una jugada aparentemente insignificante, se puede caer en esta situación de parte y parte. Nuevamente la preparación psicologoca de los árbitros ayudará para que estas situaciones de pérdida de control no se den con frecuencia, o si se dan, permitirá  retornar con objetividad al desarrollo normal del juego.
 
4. Confiarse en los últimos minutos
¿A quién no le ha sucedido que preciso en el último minuto de un partido se le arma la debacle? A todos, sin excepción, y esto sucede, generalmente, porque el árbitro entra un estado de confianza ante la proximidad de la finalización, olvidando que el partido va desde el primer minuto hasta el pitazo final y, aún, más allá. Muchas veces acciones arbitrales después del pitazo final pueden acarrear serios inconvenientes. Esto nos indica que nunca se debe perder la atención y la concentración en ningún momento del partido y, menos, cuando este está a punto de finalizar. El exceso de confianza y el descuido, conllevan a situaciones complejas. Tampoco debe confiarse en un partido en donde aparentemente «no está sucediendo nada», pues en cualquier momento puede presentarse un hecho que encienda la llama: un partido es eso, por más tranquilo que parezca, ya que potencialmente siempre es «una bomba», que en cualquier momento y por cualquier circunstancia, por mínima que parezca, puede explotar. El exceso de confianza también es un enemigo del árbitro.
Otro de los errores que puede cometer un árbitro es el de mofarse, reírse o ser irónico con un participante. No hay cosa que ofenda más que la burla, más cuando proviene de parte de quien se supone imparte justicia y que, a pesar de su dignidad, siempre debe guardar respeto y compostura.
 
5. Usar desmedidamente el silbato
Recordemos que los cánones del buen arbitraje estipulan ciertos sonidos del silbato para cada situación (sonido corto para detener el juego, sonido más largo y en decadencia sonora para autorizar, siempre con la señalización respectiva, y doble sonido rápido para llamado de atención). El sonido, más los agudos, son factores de estrés y de perturbación, incluso para el árbitro, por eso se debe utilizar adecuadamente el silbato sin dar «concierto de pito», que recuerde a una orquesta. Sostenga el pito como mejor le parezca, de tal forma que se sienta cómodo al utilizarlo, a excepción de mantenerlo constantemente en la boca, porque esto representa un peligro físico; además, el tiempo que se utilice al llevar el silbato a la boca, puede ser muy valioso para el procesamiento de la toma de decisiones. El Futsala se recomienda tener el silbato suelto, sin cordón para cambiarlo a la mano que queda abajo en el momento de la señalización. Evite la costumbre, que no está demostrada técnicamente, de taparse un oído al momento de usar el silbato, pues de todas formas tendrá el otro oído descubierto, y esto hace que el árbitro pierda estética. Si mantiene una posición del rostro hacia el frente, el sonido tiende a ir hacia adelante (alta densidad) y no a devolverse hacia los oídos (baja densidad), llegando allí con menos potencia. Así que taparse un oído al momento del sonido, no es más que un mito, convertido en una costumbre antiestética. El sonido del pito, aparte de la estética, también es señal de seguridad.

Aparte de el correcto uso del silbato, debe evitarse el «concierto de pito» por nimiedades. Pondere bien las acciones de juego para determinar si merecen ser sancionadas, pero no «enloquezca» a los participantes pitando por todo. Recuerde que el concepto de inmediatez es subjetivo, pues siempre es recomendable, en esa fracción de segundos, por ejemplo, determinar si puede darse o no una norma de ventaja. Estas cualidades las van dando la experticia del árbitro, y su adecuado trabajo mental, junto con ejercicios de coordinación y sicronización.
 
6. Tarjetear en exceso
Si bien hay «economía del esfuerzo», debe haber «economía de las tarjetas», así entre comillas. Nunca tarjeteé por faltas insignificantes, queriendo innecesariamente sentar autoridad desde un comienzo; esa tarjeta le puede representar un inconveniente cuando realmente se amerite su aplicación. Constantemente debe haber una gradualidad que va desde «muy leve, leve, grave y muy grave». Siempre interprete correctamente esta gradualidad para aplicar el correctivo necesario, sin precipitarse. Aunque los reglamentos de juego literalmente no determina el «correctivo verbal», este es implícito y debe utilizarce como medida preventiva para faltas que sean muy leves. Hay un pequeño tiempo entre la falta y la decisión de tomar el correctivo disciplinario, que el árbitro debe aprovechar para ser justo y ponderado, con el análisis y sentido común pertinente. Tampoco se deje presionar para mostrar una tarjeta. Los cánones del buen arbitraje indican que se debe proceder con calma sin perder la autoridad, la equidad, la justicia y la imparcialidad. Emplee la mecánica arbitral estipulada para tales efectos, mostrando correctamente la tarjeta para que todos los participantes la vean y, a la vez, cerciorándose de que los auxiliares hayan tomado nota al respecto. Identifique plenamente al jugador y tome la distancia prudencial, sin necesidad de mostrar ofuscación: es un correctivo y no un castigo de tortura; si puede ser amable, sin perder la autoridad, mucho mejor: «caballero, queda amonestado». Tampoco amenace con un correctivo más drástico ni, mucho menos, regañe. Recuerde que un correctivo tiene dos opciones de reacción por parte de quien lo recibe: la primera, la aceptación y control posterior y, la segunda, una reacción negativa que puede incrementarse al mostrar una tarjeta indebidamente, con amenazas, regaños y ofuscación. Hay un dicho que dice que «hay árbitros que utilizan las tarjetas como disparando una ametralladora», muchas veces sin saber siquiera a quién se la muestra, porque su alteración de ánimo no se lo permite; y después, tremendo problema. Ya se dijo y ahora se reitera: calma, seguridad, tiempo, análisis y ponderación, que no sea que por su precipitud y su exceso de autoritarismo, tenga que omitir más tarde una tarjeta bien merecida o, lo más grave, que al sacarla merecidamente se le venga un problema encima, bien por parte de los infractores, por parte de los afectados o, lo peor, por parte de los dos equipos. 
 
 7. Hablar y explicar mucho
El árbitro no es un conferencista que debe estar dando explicaciones por todo y, lo peor, extenderse en explicaciones a manera de cátedra, cuando el reglamento es claro y preciso. En algunas circunstancias excepcionales, puede hablar y explicar, pero de una manera concisa, yendo al punto sin más rodeos y, mucho menos, entrar en controvencias con los participantes. Se debe tener en cuenta que la pequeña conversación no debe estar cargada de presunción ni de de prepotencia; recuerde que siempre los participantes estarán preventivos y susceptibles a cualquier situación, y más si se trata de una explicación inadecuada en un tono molesto. Conclusión, evite al máximo estar hablando o narrando la jugada, y, como ya se dijo, las explicaciones deben ser excepcionales  muy cortas y precisas, esto para no ir a romper con la dinámica del juego, pues el árbitro está para aplicar el reglamento, sancionar las faltas y convalidar el resultado y no para dictar cátedra ni presentar certamen de valor en la parte conceptual.
 
8. Evitar el contacto visual
Por simple naturaleza la mirada expresa un mundo de sensaciones, desde la felicidad, el odio, la rabia y el miedo. Uno de los errores más comunes y que demuestra una falta de carácter al no quererse afrontar la realidad, es bajar la mirada ante otra persona. La mirada es una expresión de lenguaje, por lo que cuando se baja expresa humillación, timidez e incapacidad de afrontar una realidad. Esta actitud negativa puede aprovecharse al máximo, y a su favor, por parte del interlocutor. Bajar la mirada es admitir que se está perdiendo la situación y expresa que como que no hay remedio para superarla. Por eso, siempre que se dirija a los participantes, mantenga la mirada en alto, fija, con expresión de seguridad, para reforzar el lenguaje verbal y corporal. Tampoco el árbitro debe ponerse en un duelo de miradas a ver quién es el que «más feo mira», o quién es el que más sostiene la mirada; todo reto es perjudicial. Recuerde que el arbitraje no es un juego de competencias, por lo que no debe ponerse de igual a igual con los participantes. Usted es el árbitro y nunca un retador. Su logro de desempeño se mide por como maneje un partido con los cánones del arbitraje, y, téngalo siempre presente, usted no está en una competencia con los participantes, pues está es para dirigir y administrar justicia. El resto, desdice de su trabajo arbitral. Siempre, aunque parezca una frase de cajón, se dice que el árbitro que pasa desapercibido es el que ha realizado muy bien su trabajo.
 
9. Distraerse después de una expulsión
Siempre se ha recomendado una técnica para mostrar las tarjetas: tiempo prudencial, distancia prudencial del participante, posición firme y en equilibrio (pies en ángulo) y seguridad. Cuando se va a expulsar a un participante, se presentan nuevos agravantes que pueden provocar, en caso extremo, una agresión (de eso siempre hay que ser conscientes). La primera recomendación no es precipitarse ni sacar con exasperación la tarjeta roja. Tómese su tiempo y durante este lapso analice rápidamente la actitud del infractor y trate de prever su reacción y la de sus compañeros. Sea seguro y nunca retador ni recriminaste y, mucho menos, vaya acompañar la acción de palabras que puedan ofender. La distancia debe ser preventiva, esto ayudará a un mayor equilibrio, a una mayor lejanía que permita esquivar una posible agresión y a darse un tiempo para que el infractor, cosa ge casi siempre sucede, sea cogido por sus compañeros y adversarios; una distancia prudencial, que no exprese el deseo de salir huyendo despavorido, también ayudará para que los auxiliares lleguen en su auxilio. Solo en casos extraordinarios, que no deben descartarse, se puede presentar una agresión de varios participantes.
Un aspecto fundamental y extremadamente arriesgado es el de huir, ya que es netamente instintivo, y que muchas veces, especialmente ante situaciones graves, es incontrolable e imprevisible. Como reacción, esto desencadena en los perseguidores también emociones instintivas que conducirán a «lograr la caza»; recuérdese que somos seres biológicos con instintos de ataque y defensa, protección y temor. Realmente estas situaciones se pueden intuir y se dan de vez en cuando, pero nadie sabe cómo será la reacción de unos y de otros, ya que todos pierden el control de su proceder, imperando el «instinto animal», lo que comúnmente se conoce como «enceguecimiento», lo que no permite la medición de las consecuencias, pues nadie está en razón, uno por temor y los otros por ira intensa; estos últimos llegan a actuar de una manera irracional. Para esto se necesitan catalizadores de conducta que hagan que se regrese a la calma y, lo más importante, al raciocinio.
Lo ideal es que nunca se presenten con los árbitros estas situaciones, y por eso es menester conocerlas y hacer su análisis, ya que, generalmente, es nula la educación para la tolerancia, el respeto y la aceptación de la autoridad arbitral con los jugadores, cuerpo técnico y, lo peor, con los organizadores.
 
10. Permitir ser intimidado

Realmente una de las características que debe tener un árbitro es la de un «temperamento fuerte», pero jamás agresivo e intolerante. Esto forja un carácter analítico y asertivo para dar como resultado una personalidad de líder, ante todo, capaz de afrontar la realidad y de resolver problemas. El líder es respetado por sus actitudes, por su conocimiento y comportamiento y jamás por imposición. «El respeto se gana, no se impone». El respeto no implica temor de los demás, sino reconocimiento por capacidades, aptitudes y liderazgo, y en esta premisa se basa la personalidad.
Se sabe bien que los jugadores, como todo ser humano, es analítico, capacidad que aumenta en una competencia como lo es un partido, en donde se juegan variados intereses, desde el netamente deportivo hasta el económico. Los participantes saben detectar la personalidad del árbitro, y si notan, por cualquier actitud, un carácter débil, propenso al temor, se aprovecharán de esto para sacar provecho. Comienzan por dar un grito intimidatorio, y si el árbitro perdona esta situación, ya perdió el primer round, porque, no solo el agresor verbal, sino nos demás participantes sacarán partida a su favor de tal circunstancia, comenzando por manipular las decisiones arbitrales a punta de nuevos gritos o con actitudes itimidatorias que pueden ir desde el maltratato verbal y las amenazas, con el fin de que el árbitro se acomede, así sea involuntariamente, a sus intereses.
Ante un grito o una actitud intimidatoria, muestre el correctivo necesario, teniendo en cuenta las circunstancias de modo y tiempo. Hágalo firmemente, con seguridad y serenidad y evite, primero, caer en la intimidación y, segundo, en la ofuscación. En este caso, generalmente el participante pierde y recompone su actitud, dándose cuenta de que el árbitro no se deja ni puede ser intimidado y, por tanto, ser manipulado que es lo que los participantes pretenden con la intimidación y las amenazas. Aunque no es un reto, no dejarse intimidar es un logro de un árbitro con carácter y, sobre todo, con auto estima.
 

Bogotá, enero de 2019.
 

 

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(Bermúdez, Mario. Boletín EFAB No. 2. Enero 2019)